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La terquedad de América Latina

En Delirio americano, el colombiano Carlos Granés ejecuta un extraordinario recorrido por la historia cultural y política de América Latina en el siglo XX. Las consecuencias de una imaginación desatada, alimentada al alero de las utopías identitarias, ha permeado la política del continente con resultados exiguos, secuelas nefastas y un claro desmedro de la democracia.

  • 2 agosto, 2023
  • 15 mins de lectura

Diego Rivera, Arsenal

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    Carlos Granés

    Carlos Granés

    El 19 de mayo de 1895 muere en la Batalla de Dos Ríos José Martí, poeta e intelectual cubano, símbolo de la independencia de su país. Tres años después, en 1898, Estados Unidos entra en la batalla por la independencia de Cuba, derrota a España, y se instala como nueva potencia en el Caribe, marcando un hito fundamental para comprender un relato político y cultural con escenario en Cuba, pero expandido en toda América Latina. Una historia que terminaría años después con la Revolución Cubana, el Che Guevara y Fidel Castro, y que Carlos Granés, en Delirio americano, sitúa como el big bang del siglo XX americano, trazando a partir de allí un mapa, o quizá un verdadero rompecabezas, con conexiones no solo sorprendentes, sino extraordinariamente reveladoras.

    Delirio americano es precisamente eso, una trama lúcida, estructurada en clave de delirio; esto es, la infinidad de pensamientos confusos y faltos de consistencia –algunos de valor humorístico extraordinario– que han tejido la textura de nuestro continente. En el centro de la misma: la búsqueda de la identidad. Ese será el objetivo de intelectuales, poetas, políticos y escritores americanos, y tendrá su eje en el mestizaje, rasgo distintivo que opera como punto de partida de un proceso nacionalista que, a juicio de Granés, se transformará en el peor de los vicios latinoamericanos. Desde ese momento, América Latina vivirá ciclos democráticos y ciclos dictatoriales, emprenderá viajes políticos alucinantes, verá nacer a los muralistas mexicanos, las vanguardias y el surrealismo, el peronismo y los populismos de derechas e izquierdas. En este viaje la gran perdedora será, como sostiene el ensayista colombiano, la democracia liberal. El sentimiento anti-yanqui, movilizador del viaje identitario latinoamericano, derivará en un desprecio esta forma de gobierno y en la búsqueda de una nueva sensibilidad que servirá de base a nuevos y utópicos proyectos políticos. El autor visibilizará en este recorrido la influencia de las vanguardias en la política americana y hará patente el peso del fascismo y del nacismo en América Latina.

    En esta línea de análisis, el texto observa el devenir americano del siglo XX a partir de una profunda articulación entre política y cultura. Para Granés los caminos entre ambas se acoplan en distintas circunstancias históricas, determinando un dúctil protagonismo de los artistas y escritores en la arena política. El arte y las manifestaciones culturales pueden convertirse así, en ocasiones, en una verdadera arma ideológica y moral, como ocurre durante el período vanguardista revisado en Delirio americano. Bajo este supuesto, Granés supera el valor estético de las obras para hacerlas convergir en nuevas y heterogéneas intersecciones. Los vínculos entre lo artístico y lo político no se reducen a la eventual politización de la obra o al activismo político de ciertos autores, sino que se plantean como una fusión tendiente a confrontar el orden vigente desde y a través del arte. Para el autor, el arte y la política, entonces, no operan como compartimentos estancos; por el contrario, superan la autonomía con las que se les ha comprendido tradicionalmente, reformulando su relación e impacto en el continente. Naturalmente, el resultado de esta cohabitación no es una integración armónica, sino una interacción conflictuada y compleja que se manifiesta directamente en su materialidad y forma expresiva. Rastrear esos vínculos y contradicciones es uno de los grandes aciertos y novedades de Delirio americano. El libro recorre, por ejemplo, los esfuerzos que desde el Estado se realizaron para poner al servicio de las causas políticas las prácticas artísticas e indaga, muy asertivamente, en las tensiones que de esa imbricación. Por otra parte, revisa las relaciones inseparables entre arte y política en los procesos dictatoriales de los años sesenta, así como la posibilidad de generar a través del primero relatos que articulan procesos sociopolíticos vitales en el continente. La mirada interdisciplinaria de Granés y sus planteamientos permiten al lector proyectar entre relación arte y política hacia espacios no abarcados por el libro y preguntarse acerca de su configuración actual. En el mundo de la cancelación y de lo políticamente correcto es dable preguntarse, por ejemplo, si el arte cumple hoy un rol político contracultural o si, por el contrario, la banalización de la política y su vinculación con la performance y la estridencia ha terminado por coartar tanto la política como el arte.

    Los delirios de Granés están estructurados en tres capítulos. El primero, “Un continente en busca de sí mismo: el americanismo y los delirios de la vanguardia”, realiza un recorrido poético político, país por país de América Latina, incluido Brasil. Repleto de nombres y obras, da cuenta de una erudición que no resulta abrumadora gracias a la capacidad del autor, un lector avezado, de tejer verdaderas redes intelectuales entre ellos.

    La propuesta abre con la aparición de Estados Unidos en la escena americana y el abandono forzoso de los artistas de su torre de marfil. El modernismo se politiza y la publicación de Calibán, por parte de Rubén Darío, se transforma en detonante. Había que luchar, con todas las fuerzas, contra el caníbal que buscaba imponerse sobre América Latina y representaba la anti-civilización, una cultura confundida erradamente con la riqueza y enormidad material. ¿Qué carajo somos? fue la interrogante que se repetiría como eco en la América Latina de inicios del siglo XX, despertando los demonios de un nacionalismo que, sin saberlo en ese momento, desencadenaría horribles pesadillas despóticas en el continente. Al explicar el fenómeno desde la relación entre las vanguardias latinoamericanas, las revoluciones y la política, Granés desarrolla una observación original de procesos que han sido largamente estudiados. La imbricada correlación entre arte y política permite comprender la permanente tensión que América Latina vive entre lo local y lo global, relación que será desarrollada, con mayor detención, en la tercera parte del libro.

    El recorrido que comienza en el primer capítulo es central para la comprensión de la obra y para el sustento de la hipótesis acerca de la identidad. Particularmente interesante resulta el relato en torno de los muralistas mexicanos, no sólo porque “crear una civilización salida de las entrañas profundas de México” haya sido una tarea épica, sino porque esta transita entre lo más elevado de una misión casi mesiánica y las más pedestres realidades humanas. Aquí destaca también otra de las bondades del libro: la observación compleja de los fenómenos. El autor, por ejemplo, contrapone a la visión del muralismo la de la literatura de la revolución mexicana, develando perspectivas que desmitifican los hechos retratados en los murales. Así Granés entra con solidez en los fenómenos y detecta, agudamente, las contradicciones.

    El segundo capítulo, “Los delirios de la identidad: la cultura al servicio de la nación”, realiza un recorrido por las revoluciones dejando claro, desde el principio, que no todas ellas corresponden “a cambios extraordinarios que aceleran el tiempo de las naciones”1, sino que resultan, más bien, ser justificaciones de déspotas en busca de narrativas. El texto sostiene que, durante los años treinta, esta particularidad revolucionaria se expresaría en una alianza entre caudillos (militares de derecha e izquierda) y artistas, para consolidar grandes proyectos culturales. El legado, tan extenso como negativo, puede trazarse como una línea continua que considera el nacionalismo, el golpismo militar y el fascismo.

    Por otra parte, este segundo delirio aborda un elemento fundamental en la configuración de la identidad latinoamericana: la presencia del mito, la leyenda, la creencia y la superstición. Granés establece una atractiva relación entre estas dimensiones y el surrealismo, concluyendo que la búsqueda de la identidad continental necesitó incorporar y asumir que América Latina era en cierto sentido surrealista desde el origen. Por esta razón, el elemento común, tan buscado por los americanistas, sería “una realidad donde los hechos y los mitos, la historia y las leyendas se mezclaban de forma natural; una realidad confeccionada, a partes iguales, por los hechos y la fantasía”2. Este hallazgo, que literariamente sería conceptualizado por Alejo Carpentier como lo “real maravilloso”, tendría un impacto en la literatura y en la creación, pero, para bien o para mal, también lo tendría en la política y en el devenir cotidiano del continente. Desde esta perspectiva el líder político, sostiene Granés, se vuelve un demiurgo que da voz e identidad a una masa desvestida de referencias. Su génesis, es similar a la del artista y en este sentido, su capacidad también lo es: crear gracias a su imaginación. Visto así, el líder político aspira a forjar el país según sus deseos, su intuición y su visión profética; un delirio redentor que autoriza a corromper y destruir las instituciones, pues todo vale si el objetivo es oponerse a las élites, verdaderas enemigas de la patria. El populismo, sostiene el autor, necesita un enemigo a quien culpar y, en cierto sentido, crearlo garantiza una moralidad e integridad similar a aquella que buscaron los artistas latinoamericanos del siglo XX.

    Particularmente interesante resulta, en este escenario, el análisis del peronismo, máxima expresión de un populismo que emerge como daño colateral del desarrollo identitario y que expresa con fuerza y claridad el fenómeno delirante del líder latinoamericano. Seducido por Mussolini, Perón entendió la importancia de los sindicatos en la consolidación del Estado fascista y a partir de esa revelación buscaría “mejorar concienzudamente las condiciones de vida y vincularlos al proceso de construcción nacional”3. Para Granés, Perón “hackea” la democracia desde dentro y lega al mundo la baza del carisma para ganar elecciones, así como el legalismo para doblegar a las otras ramas del poder. Esta forma de hacer política marcaría el rumbo de la historia, pues permitirían “a liderazgos autoritarios e iliberales llegar al poder sirviéndose de las instituciones de la democracia liberal”4. Por otra parte, al igual que muchos líderes populistas latinoamericanos Perón comparte la conciencia de que la palabra es un modelador de multitudes y de masas, dando lugar al sueño refundador del que aún seguimos atados. En esta lógica, crear realidades a través de la ficción es, para Granés, el gran vicio latinoamericano.

    La revisión de este capítulo permite concluir, una vez más, que todas las corrientes de la cultura latinoamericana han “confluido o convivido con el nacionalismo”, y que la verdadera batalla se ha librado no entre el imperialismo y el americanismo, como había sucedido en 1898, sino entre la democracia liberal y la dictadura totalitaria. La lectura de Granés ilumina permanentemente el escenario político actual y habilita al lector a reconocer muchos de los elementos que hoy protagonizan la crisis de la democracia liberal. Visto así, el ciclo latinoamericano de nacionalismos y populismos parece encarnado en un trágico y eterno retorno.

    “Los delirios de la soberbia: revoluciones, dictaduras y la latinoamericanización de Occidente”, el capítulo final, tiene como eje la Revolución Cubana y las figuras cuasi redentoras de Fidel Castro y el Che Guevara. El relato no solo recorre la historia, sino vuelve con extraordinaria habilidad a aunar sus hilos con los de la cultura. No existen nuevas políticas, nuevos líderes, sin nuevas culturas. Granés no solo propone la hipótesis sino que la demuestra. El arte al servicio de la revolución y esta última, animando a los jóvenes del continente a convertirse en revolucionarios. El libro entrega una fascinante revisión de los escritores latinoamericanos y sus múltiples mutaciones democráticas y antidemocráticas. Con una deliciosa ironía, Granés sostiene que “ser demócrata en América Latina, siempre pareció poca cosa”, revelando otro de los grandes pecados continentales: la ensoñación y la terquedad que, en palabras del autor, ha sido el origen de la nefasta tendencia de creer que América Latina es el lugar donde aún pueden funcionar todas las malas ideas que han fracasado en Europa. Tras este planteamiento se esconde uno de los ejes del libro: la imposibilidad latinoamericana de aceptar que las virtudes artísticas pueden transformarse en enormes vicios políticos. Visto así, la espera y la terquedad que tantos éxitos cosecharon en los mundos fantásticos de la literatura, mutaron en “ideas inservibles, gente empeñada en ver problemas no como un asunto colectivo, que demandaba transformaciones colectivas, sino como el resultado de un grupo de impuros corruptores que debían ser eliminados”5.

    Este delirio da cuenta de otras de las características del libro: su capacidad de proponer lecturas de futuro a partir del análisis del pasado. Para Granés la revisión metódica y exhaustiva no es un acto de arqueología, sino un profundo ejercicio prospectivo. Desde este paradigma el libro observa el siglo XXI dando cuenta que, a pesar de la caída de las dictaduras durante los años 1979 y 1990, la débil tradición liberal puede quedar, una vez más, consumida por el populismo, esta vez cargada de excentricidades y de la mano de cuatro nuevos elementos: las crisis económicas que generan el entorno, la exacerbación de la mano dura y la seguridad, la crisis de las instituciones y los medios de comunicación. Los nuevos populismos aspirarán, nuevamente, a un reduccionismo de la complejidad social y de los conflictos, volviendo a dividir el mundo y la sociedad en buenos y malos. A falta de proyecto y capacidad de solucionar los problemas verdaderos, el único recurso posible seguirá siendo destrozar al enemigo. Hugo Chávez y las asambleas constituyentes son para Granés expresión eximia de lo anterior.

    El tercer capítulo y el libro terminan con una perspicaz visión acerca de la política de las identidades estableciendo que, si bien la búsqueda de la misma ha sido una constante en América Latina, las identidades actuales “no sirven para proyectar futuro sino para examinar el pasado”6. En este sentido, el objetivo mismo se ve tergiversado. La aspiración de unidad expresada en la incompatibilidad con el racionalismo europeo, propio de los inicios del siglo XX y que posteriormente se expresó en distintos proyectos históricos que buscaban unir cultural y racialmente el continente, ha mutado en un cuestionamiento a dichas categorías universales. Las actuales políticas identitarias han creado un discurso de identidad – víctima imposible de abordar. Y si bien la victimización frente a lo extranjero ha sido una constante en América latina, los males actuales son para Granés invisibles y de origen, lo que dificulta, y casi imposibilita, la posibilidad de abordarlos y enfrentarse a ellos: “Si uno cree estar viviendo bajo una cúpula de opresiones, rodeado de personas esencialmente tóxicas, es inevitable desarrollar una hipersensibilidad a la ofensa y equiparse con el arma de la corrección política”7. Así las cosas, la cultura de la cancelación se encuentra a la vuelta de la esquina y también la absurda posibilidad de eliminar autores, ideas, palabras o pasajes de la historia porque hoy nos parecen ofensivos o equivocados. Lo anterior no sólo desconoce la naturaleza misma del arte, analizada con creces en la obra, sino se desentiende de la enorme capacidad nociva de los delirios, cualquiera sea la naturaleza de estos.

    El libro cierra su ciclo con la muerte de Fidel Castro en 2016, carente de épica, de interés y grandiosidad, un reflejo del siglo XX en una América Latina que, en palabras de Granés, ha pecado de ir siempre a la contra, justificando, con altos costos, el fracaso de las utopías en función de la existencia de un enemigo externo que imposibilita la concreción del sueño. América Latina no ha comprendido que el problema es, precisamente, dejarse llevar por la fantasía. Y los delirios son precisamente eso: no entender que la utopía es realizable en las artes pero no en política, y que en este ámbito los sueños delirantes fracasan y terminan mal.

    Granés deja abierta la puerta al siglo XXI con un llamado a desvestirnos de todo rol y toda sobre interpretación histórica, para hacernos cargo del único objetivo relevante: asumir que somos un territorio diverso, exuberante y complejo que tiene que convivir y prosperar. Que los artistas sigan delirando será siempre beneficioso, sostiene, pero es imprescindible que los políticos estrenen la cordura.

    1.

    Carlos Granés, Delirio americano (Buenos Aires: Taurus, 2022), 157

    2.

    Idem, 266.

    3.

    Idem,162.

    4.

    Idem, 173.

    5.

     Idem, 452.

    6.

    Idem, 505.

    7.

    Idem, 506.

    Autor

    • María José Naudón

      María José Naudón es abogada por la Universidad Católica y magíster en Artes Liberales, por Universidad de Navarra. Hoy ejerce como profesora de la Facultad de Artes Liberales de la Universidad Adolfo Ibáñez y columnista política en medios.