Por las Cordilleras del Puelo
¿Cómo la experiencia de una breve caminata al amanecer se convierte en un instrumento de observación científica?
- 15 enero, 2026
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Fotografía aérea del lago Azul. Por Sebastián Amaral.
La primera vez que enfrenté el lago Azul fue en el verano de 2005, antes que naciera mi primer hijo. Éramos tres en una breve excursión cayendo la tarde. Luego de caminar por un sendero sombreado que bordea la ribera norte del río Mapocho –un Mapocho transparente y reposado muy distinto al que corre por el centro de Santiago– se abrió ante nosotros un cuerpo de agua azul petróleo, profundo y severo.
El lago Azul, en la comuna de Cochamó, forma parte de la cuenca del río Puelo, un sistema lacustre y fluvial que se origina en el lago Puelo de Argentina y que desciende hacia Chile a través del lago Inferior, los lagos Las Rocas y Azul –dos lagos aledaños a la columna vertebral del río y separados del valle principal por una cordillera verde– y el lago Tagua-Tagua, el último gran ensanchamiento que alcanza el Puelo antes de vaciar sus aguas turquesas al Estuario de Reloncaví. Con el característico viento de la tarde soplando fuerte a nuestras espaldas, y con los tiempos ajustados para regresar esa misma noche a un acogedor alojamiento en Llanada Grande, acordamos no cruzar y volver al día siguiente.
Esta vez, muy temprano, atravesamos sus siete kilómetros y medio de largo en un bote de trabajo con motor fuera de borda. Dejamos atrás una estela agitada en sus aguas cristalinas, visible seguramente desde todo el escarpado litoral. Después de solo veinte minutos de navegación, desembarcamos, incrédulos, en una playa de piedras pulidas por el lago, hojarascas flotando en las pequeñas olas y palos blancos, como huesos resecos, amontonados por las crecidas. Las cumbres erosionadas y las pendientes cubiertas de bosques maduros de coihues, ulmos, olivillos, arrayanes y cipreses, caían oscuros al agua o descansaban junto a las rocas. Los restos minerales y vegetales en sus márgenes, acumulados temporada tras temporada, intensificaban los contrastes de las costas.
Al poco tiempo construiríamos una casa en esa playa, un refugio bajo un bosque costero, rodeado de pitras que en invierno sumergen sus troncos y sus duras raíces en el agua. Las espinudas rosas mosquetas y las chaquetas amarillas nos recordarían que la Patagonia no es solo paraíso. Por años, en familia y con amigos, pasaríamos ahí algunos días cada verano, breves temporadas de sol, pero más de viento y de lluvia.
La mañana por la cordillera
Desde el comienzo aprendimos a visitar las pampas de la comarca, sus playas, sus laderas y sus bosques en largos paseos que nos hacían experimentar la elasticidad del tiempo y fijar nuevas prioridades al apagarse, al menos temporalmente, el zumbido de las obligaciones. Con el entusiasmo inicial logramos sobrevuelos en una avioneta blanca y roja, cruzamos el Puelo con caballos a nado o sus rápidos en poderosas lanchas con turbinas. Luego nos sentimos más atraídos a recorrer el bosque a pie, inquietos por las piaras de jabalíes que podían aparecer entre las hojas secas y las ramas caídas. Con la llegada de nuestros hijos las excursiones se hicieron más breves, normalmente por senderos conocidos y cercanos a la casa.
Ninguna se compara con los viajes que hacían los viejos de la zona antes de que llegara “la ruta”. A algunos de ellos alcancé a conocer. Me comentaban sobre las horas –y a veces los días– que permanecían esperando el cruce a remo de extremo a extremo del lago Tagua-Tagua, cómo señalizaban su llegada con fuego y humo, cómo asumían riesgos formidables al sortear paredones de roca enormes y desfiladeros imposibles cerca de su desembocadura. Y cómo pasaban semanas completas reuniendo el ganado o buscando maderas con bueyes en el monte, o cómo organizaban las evacuaciones de emergencia después de un accidente grave trabajando con el hacha.
Con la intención de palpar parte de ese aislamiento que todavía persiste en el Puelo, una mañana del verano pasado me comprometí a un pequeño viaje con mi hijo mayor, entonces de 19 años. Él tenía que dejar la comarca para tomar un vuelo en Puerto Montt y lo haría en el bus del “recorrido”, un servicio diario que une Segundo Corral con Puerto Maldonado que lo llevaría a la barcaza que opera en la ribera sur del lago Tagua-Tagua. Decidimos no salir a la ruta por el agua sino hacerlo a pie, aprovechando la sección peatonal de una huella que antiguamente cruzaba el valle hasta Argentina, y que hoy sigue uniendo los lagos con Llanada Grande. Teníamos que planificar bien la caminata, que calculábamos duraría unas dos horas, para coincidir holgadamente con el horario del bus.
Nos despertamos antes del amanecer y con las primeras luces comenzamos a caminar directamente desde los escalones de madera que bajan de la terraza hacia el jardín asilvestrado. Los nuevos brotes y pequeños helechos que pisamos hicieron silenciosa nuestra partida. Bordeamos la playa y subimos la suave pendiente de uno de los cerros que se levanta hacia el poniente de la casa. Lo hicimos por un sendero estrecho bajo el bosque, con el lago que se muestra ocasionalmente a uno de los costados entre los árboles en pendiente, y las grandes rocas húmedas y frías que se asoman del otro como antiguos rostros protectores. La pequeña perra que nos acompañaba avanzaba temerosa. Pasando por encima y por debajo de ramas y troncos caídos luego enfrentamos directamente la cordillera que separa el lago Azul del río Puelo. Por una huella en zig-zag invadida por abundante vegetación alcanzamos un mirador. Entre altos arbustos espinosos, pudimos divisar gran parte de lago, su península, su isla Nautilus y las cumbres hacia el Este: el cerro Motoco y, a los lejos, el cerro Serrucho que marca la frontera con Argentina. También pudimos advertir el manto ondulante de árboles que lo cubre todo excepto las cumbres rojizas y los pocos neveros que aún resisten el calor. La vista no es muy distinta hoy posiblemente a la que tuvo Hans Steffen, geógrafo, explorador y profesor de la Universidad de Chile, contratado durante el gobierno de José Manuel Balmaceda junto a otros 180 profesores alemanes, cuando describió por primera vez el lago Azul el 13 de febrero de 1895. Desde el cerro Mechai, una elevación que se encuentra a un par de kilómetros al oeste del lago, Steffen lo nombró “laguna Azul”, “por el maravilloso color de sus aguas”, con bordes rocosos y empinados. Un siglo y tanto más tarde su insondable color y sus abruptas riberas continúan siendo los principales rasgos que nos asombran en cada encuentro.

Cordilleras que circundan al lago Todos los Santos y a la hoya hidrográfica el Río Puelo. Mapa dieñado por Dr. Hans Steffen, en 1897.
Mientras subíamos y distinguíamos el lago quieto como un espejo de aceite, mi hijo caminaba pausadamente detrás de su joven sombra, aún más flaca que él. Escuchábamos los pájaros bajo el matorral: chucaos y hued-hueds; o divisábamos apenas aquellos más pequeños en las copas o revoloteando en los troncos caóticos y desmoronados a la orilla del sendero: chercanes, comesebos, rayaditos, fiofíos y cachuditos. Y mirábamos cómo se colaba la luz rosada del amanecer entre las ramas allá arriba.
Al cabo de una hora alcanzamos un precario camino vehicular. Ahora el sonido chispeante de los pasos sobre la tierra endurecida marcaba el ritmo necesario para dejar atrás definitivamente la casa que debía verse diminuta a la distancia. El claro del bosque por el cual avanzábamos, vertical y serpenteante, anticipaba el surco mental en el que nos habíamos metido. Un estado de concentración que en la literatura sobre experiencias subjetivas se conoce como fluir. Por el claro dimos con un portezuelo entre dos cerros que forman, con los filos de otros de alturas similares, la pequeña cordillera del Azul. Por él cruzamos hacia el valle del Puelo trescientos metros sobre el nivel del lago.
La marcha en el ascenso moldeó momentos de inmersión absoluta y se transformó en un espacio mental donde convivieron con naturalidad la atención, la queja de los músculos y las articulaciones, cada uno de los sentidos y lo que estaba allá afuera. Se hizo indiferenciable ser en ese sendero del nítido entorno patagónico y su aire frío y crujiente de la mañana. Dejamos que el ambiente se convirtiera en nuestros pensamientos, que desde fuera el paisaje de esas cumbres peladas se transformara en conciencia. Permitimos, también, que lo que llevábamos bajo la piel se expandiera con un mínimo lenguaje hacia las vistas magníficas que nos acogían.
Ajustando minuciosamente los tobillos a las pequeñas piedras y accidentes del irregular camino, bajamos descansados, sintiéndonos todavía más parte de la cordillera. Los momentos que acabábamos de vivir se nos vinieron encima en conversaciones dulces. Siempre es paradójico percibir el contraste entre estar sumido en formaciones tan permanentes y aquellas palabras breves con las que las describimos. Mi hijo habló sobre la felicidad que le producía caminar temprano esa mañana, sobre cómo los ruidos amplificados de las diminutas criaturas que escuchábamos en los contornos del sendero nos alertaban sobre los estruendos que probablemente provocaban vacas, chanchos, huiñas y pumas mientras deambulaban ocultos en el bosque. Me comentó, también, derechamente cómo imaginaba que sería el estallido cuando motosierras y palas mecánicas interrumpieran estas cuestas silenciosas.
Con bolsos y mochilas, y luego de trepar un pesado portón de madera, nos encontramos con la ruta donde esperaríamos el bus de las nueve y cuarto. Nos sentamos sobre unas planchas abandonadas a la orilla del camino y aprovechamos de comer unos pequeños panes con jamón, queso y mantequilla, y dos duraznos que había traído para la excursión. Contentos de haber hecho el trayecto en menos de dos horas, la tranquilidad, la conversación inspirada en el paisaje y el desayuno frugal prometían una grata espera. Alcanzamos a sentir las piedras todavía mojadas por el rocío, el sol que recién se asomaba sobre la cordillera que habíamos dejado atrás y el aire que se entibiaba. Pudimos notar también las sombras de los troncos pálidos y de los alambrados que apuntaban largas hacia los campos resecos, y las montañas nevadas que se elevaban hacia el oeste, más allá de los ranchos reclinados en las pampas que señalan la presencia pionera, sus álamos verticales elevándose como chimeneas amarillas.
Para nuestra sorpresa, al cabo de unos pocos minutos apareció repentinamente el pequeño bus detrás de una loma cortada por el camino de ripio. Se detuvo levantando una nube de polvo. Apurados, nos despedimos con un abrazo torpe. Lo vi subirse al bus vacío, conversar unos instantes con el conductor, y acomodarse en los asientos traseros a la vez que me hacía señas. Comenzaba su propio viaje de verano. Mientras se alejaba me invadió una tristeza incontenible. Quizá la dificultad de una separación repentina o la pena de no saber en qué momento se quiebra el tiempo.
Flow
Meses después, me encontré buscando información sobre construcciones mentales. Esta es una forma de referirse lo que nos pasa individualmente por la cabeza, y se entienden como el resultado de la actividad cerebral acompañada de lo que ocurre en el cuerpo mientras llevamos a cabo tareas en el contexto que las acoge. Por eso la percepción es inseparable de la acción. De construcciones mentales y percepciones pasé a estudiar la conciencia y la noción de uno mismo, y de la conciencia al estado de fluir, o, de forma más técnica, al flow.
Entre todas las definiciones de flow, la de alcanzar un estado de éxtasis es la más radical. Se parece a lo que históricamente asociamos con el fervor en las experiencias religiosas. Paradójicamente, nuestra comprensión actual del flow no se distancia demasiado de la etimología de la palabra éxtasis, en griego ἔκστασις (ékstasis), que se refiere a ἐκ (ek) “fuera de“, y στάσις (stasis) “posición“, fuera de uno mismo.
Al profundizar en las lecturas recordé de inmediato la caminata de esa mañana de verano, aunque en aquel momento mi hijo y yo desconociéramos la definición de flow y el funcionamiento de sus engranajes mentales. ¿Cuáles son esas respuestas fisiológicas y psicológicas, los mecanismos subyacentes a un fenómeno –aquel en que “la acción que fluye sin fricción”– descrito desde la antigüedad en filosofías orientales y occidentales?
El concepto de flow fue introducido por el psicólogo húngaro-americano Mihaly Csikszentmihalyi en su libro Beyond Boredom and Anxiety en 1975. De ahí en adelante ha concitado un interés creciente desde ámbitos muy distintos, como la psicología, la neurociencia, el estudio del trabajo, la educación, las artes y el deporte. Se trata de una experiencia subjetiva, intensa, asociada a un estado de absorción total al realizar una actividad. Hoy el flow se describe normalmente en nueve dimensiones. Tres de estas establecen las condiciones para fluir y aportan al sentido de control sobre el entorno: emerge cuando existe un equilibrio entre la destreza y la dificultad del desafío, cuando se establecen objetivos claros, y cuando existe retroalimentación inmediata. Otras seis dimensiones se refieren a la experiencia de fluir: la concentración intensa, la fusión entre la acción y la percepción, la pérdida de la autoconciencia, la sensación de control y progreso, la distorsión en la percepción del paso del tiempo y la recompensa de estar ahí, totalmente presente. La experiencia de flow permite acciones orientadas a pesar de las distracciones, y se ha asociado a un mejor desempeño, a la satisfacción del aprendizaje para organizar la exploración futura y, sobre todo, al goce.
El flow, como el que alcanzamos subiendo esa pequeña cordillera, puede situarse en un contexto o en un paisaje, especialmente si los sujetos están familiarizados con el lugar. Así, algunos estudios plantean que elementos escénicos, cielos despejados, bosques, cerros, agua y jardines hacen más accesible la experiencia. Imagino cómo la familiaridad con hábitos cotidianos o más oscuros permitirían también fluir en contextos de rutina o –¿por qué no sería así?– siniestros.
En la montaña la probabilidad de flow aumenta con la maestría, una relación que encuentra correlato en diversas funciones cognitivas en el tránsito de novato a experto. No es de extrañar entonces que de tanto en tanto, cuando el ritmo del ascenso nos une a las texturas orgánicas de laderas como aquellas de las cordilleras patagónicas, nos invada la sensación de tener alas que vencen la gravedad. “Era como si ya no fuera el mismo hombre atado a la tierra, aquel que solo vencía su miedo y su fatiga mediante un constante esfuerzo de voluntad, porque ya no sentía ninguno de los dos. Mi personalidad se había desprendido; era llevado hacia arriba por los vientos, era invencible, nada podía detenerme. En realidad, había alcanzado ese estado de éxtasis, esa liberación de las cosas materiales que busca el esquiador en la nieve, el aviador en el cielo, el clavadista desde su alto trampolín” relata el montañista Lionel Terray en su clásica autobiografía Los conquistadores de lo inútil. Este particular estado lleva a los individuos a sentirse motivados y alertas, pero al mismo tiempo a actuar con sentido de control, sin conflicto y, paradójicamente, con tranquilidad y bajo esfuerzo frente al desafío.
Aunque las experiencias subjetivas debiesen constituir atractivos puntos de partida para la investigación (pues tenemos certeza de que existen), estos fenómenos no siempre se someten a estudios para aclarar sus mecanismos. Afortunadamente, en los últimos años ha habido una apertura científica hacia el flow. Mediante las contribuciones de un número creciente de grupos de investigación hemos aprendido, por ejemplo, que durante la experiencia se establece un balance muy particular de la actividad nerviosa autónoma, con una respiración más rápida y más profunda, una frecuencia cardíaca moderada, aumento de la dilatación pupilar y altos niveles de coherencia entre la actividad cerebral y la actividad muscular.
Quizá más importante, la evidencia obtenida a partir del año 2004 usando metodologías que permiten visualizar la actividad de distintas regiones cerebrales, indica que durante el flow se reduce el pensamiento consciente y la reflexión sobre uno mismo. De hecho, el flow se asocia a una disminución de las ondas beta, que bajan también en estados de inmersión y trance, y a la caída en la actividad de un circuito llamado “red de modo predeterminado”, un conjunto de regiones que se encienden cuando la mente está enfocada en el yo, favoreciendo, entre otras cosas, la ensoñación. Durante el flow la baja actividad de esta red facilita la pérdida de la autoconciencia, alejando la atención desde el yo y dirigiéndola hacia la tarea. De forma consistente, otras regiones, que forman la “red ejecutiva central”, estarían activadas, permitiendo altos niveles de atención en el mundo externo y generando inmunidad frente a las distracciones. La “red de saliencia”, un grupo de circuitos que funciona como interruptor definiendo qué merece atención y qué debe ser ignorado, estaría orientada a priorizar la “red ejecutiva central” y a silenciar la “red de modo predeterminado” y sus pensamientos autorreferenciales, favoreciendo elevados niveles de control al retroalimentarse de las condiciones del entorno. Finalmente estarían activados los sistemas automáticos para la ejecución de secuencias de movimientos y los sistemas dopaminérgicos de recompensa.
Aunque es difícil resistirse a las explicaciones que ofrece el conocimiento científico, todavía no comprendemos la propensión de distintas personas a entrar en flow, ni qué eventos neurales gatillan la transición, o si dichas activaciones son causas que permiten que el cerebro entre y permanezca en ese estado, o si se activan como consecuencia del estado. Al final, cómo una corriente eléctrica produce una experiencia subjetiva, un estado de conciencia único, presente, integrado, sigue siendo uno de los más grandes misterios que alimentan incansablemente nuestra curiosidad.
El regreso
Nada de esto pasaba por mis pensamientos cuando emprendí el regreso al lago desde ese cruce empolvado. Sin tener mucho más que hacer, esta vez seguí un sendero distinto, angosto, sinuoso, oscuro, una senda hendida en la tierra y cubierta de árboles frondosos que se interna por el bosque inmediatamente desde el portezuelo. Dos niños esperaban aburridos en un auto cargado y con las puertas abiertas, estacionado en la intersección del camino vehicular con esta nueva huella. La experiencia es siempre distinta en los descensos, y esta parte del trayecto fue una sucesión de cuadros de introspección, lejos del apego al exterior que había producido la marcha del amanecer.

lustración de Ritu Dahiya, (Unsplash)
La despedida me animó a pensar en la bondad y la calidez de nosotros los humanos, y en los lazos afectivos vitales que nos sostienen frente a un mundo bello y crudo. También a apreciar la importancia de salir a caminar para encontrar lo que no buscamos. Y a destinar cuatro horas entre los árboles para acompañar a alguien a tomar un bus. Hacía diecinueve años que había paseado por primera vez con mi hijo por la comarca del Puelo. Lo recordé recostado en el pastizal de una laguna interior poco visitada, envuelto en una manta y un gorrito altiplánico. Yo había barajado el deseo impreciso de que la constancia de este paisaje abierto, vasto, con el aroma seco de las pampas y el color oscuro del bosque –que acogería los ritmos cambiantes de nuestras vidas– se le grabara en la retina como se habían grabado en la mía los viajes de mi niñez. Desde ese momento solo ha crecido mi convicción de que las acciones de nuestros padres y abuelos, o antepasados que jamás conocimos, impactan de forma imperceptible nuestras conductas décadas o siglos más tarde mediante tejidos invisibles.
De vuelta de este breve viaje por las cordilleras del Azul, frente a una taza de café y de espaldas al alboroto de la casa que se preparaba para otro día soleado de verano, miré el lago con preocupación, sin saber si lo que acababa de experimentar, este paisaje como lugar de aprendizaje, con las transformaciones aceleradas de nuestro tiempo, seguiría estando ahí para las próximas generaciones.
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