Notas sobre el mercado laboral
Los números muestran que el empleo está muy rezagado en Chile. El fenómeno es persistente y está acarreando graves consecuencias, especialmente para los trabajadores menos calificados. Urge ir hacia un nuevo equilibrio laboral, que sacuda el actual estado de las cosas.
- 9 diciembre, 2024
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Foto: Fernando Rodrigues (via Unplash)
El empleo en Chile está muy rezagado. Es una mala noticia, porque la principal fuente de ingresos para la gran mayoría de los hogares es el trabajo. Los subsidios monetarios son relativamente pequeños en nuestro país y tienen un impacto significativo solo en los hogares de muy bajos ingresos. Y en estos casos ello ocurre por la desconexión de estos hogares con el mercado laboral. El rezago se explica por dos factores. Por un lado, la tasa de ocupación, en perspectiva comparada, es muy baja. Esta representa típicamente la proporción de algún grupo de la población que tiene un trabajo. Si bien la definición más habitual de tasa de ocupación está referido a la población mayor de 15 años, las diferencias de cobertura en educación y de extensión de los estudios, como también las distintas edades de jubilación y de su estructura de la población, llevan a privilegiar comparaciones entre subgrupos que sean menos sensibles a esos factores. Uno habitual es el de 25 a 54 años que, además, sería el que logra un mayor vínculo con el mercado laboral. Pues bien, en el tercer trimestre del año 2024 esa tasa para Chile fue de un 74,8 por ciento (como referencia la misma tasa para la población de más de 15 años fue de 56,3). Pues bien, para el promedio simple de la OCDE (excluyendo a Chile) la tasa de ocupación se empinó a 82,6. Esta diferencia, de casi 8 puntos porcentuales, se traduce, considerando el tamaño de este grupo poblacional, en 685 mil personas menos trabajando.
Por otra parte, el desempleo en Chile se ha mantenido relativamente alto hace mucho tiempo. La tasa de desocupación en septiembre de 2024 fue de 8,5 por ciento mientras que el promedio de la OECD se situó en 4,9 por ciento. La elevada tasa nacional no es un fenómeno puntual, sino que responde a un período prolongado en estos niveles. Así en lo que va corrido del presente siglo solo en un 27 por ciento de los meses la desocupación ha estado por debajo del 7 por ciento y en solo 4 meses por debajo del 6 por ciento. En el caso de la OCDE en el 58 del tiempo fue inferior a 7 por ciento y fueron 89 los meses en los que la tasa de desempleo fue inferior al 6 por ciento. El promedio del desempleo en Chile ha sido en todo este período de 8,1 por ciento mientras que el promedio de la OCDE ha sido de 6,6. En los últimos tres años la tasa de desocupación ha promediado un 8,3 por ciento mensual en Chile y en la OCDE solo un 5 por ciento.1 Los contrastes son evidentes. Al mismo tiempo, la informalidad en Chile se sitúa en torno al 27 por ciento de la ocupación. Para el promedio de la OCDE, excluido Chile, este guarismo es casi de 10 por ciento (si se excluyen todos los países latinoamericanos esa proporción llega a un 5,9 por ciento).2 Chile ha mantenido estos niveles de informalidad desde el tercer trimestre de 2017, salvo durante la pandemia donde se reduce a niveles del 22 o 23 por ciento.
Es difícil, entonces, observar estos números agregados y generales y no concluir que el mercado del trabajo no está funcionando bien y que hay dificultades para crear los empleos que la ciudadanía requiere. Es cierto que la economía en la última década ha estado creciendo a tasas modestas comparadas con las observadas en los años previos, pero tampoco se puede argumentar que su evolución ha sido un desastre. Por tanto, vincular la situación del mercado laboral solo a la ausencia de un crecimiento robusto no es convincente. En el último tiempo se han sumado decisiones de política que elevan los costos laborales y que pueden estar teniendo un nuevo efecto sobre el mercado del trabajo. Hay que recordar que se reducirá la jornada laboral de 45 a 40 horas y que se ha hecho crecer significativamente el salario mínimo. Al mismo tiempo se espera legislar para aumentar en seis puntos porcentuales las cotizaciones previsionales. Son elementos que pueden constituirse en obstáculos adicionales a un funcionamiento del mercado laboral que ya era problemático antes de estas medidas. Esta realidad no parece estar sopesándose apropiadamente en el país. En estas líneas se pretende indagar en la evolución de la ocupación en años recientes para ofrecer una mirada más precisa sobre su funcionamiento.
1. Una primera mirada
El pasado 15 de octubre la OCDE daba a conocer un informe estadístico en el cual se celebraban las elevadas tasas de participación y empleo observadas entre los 38 países que integraban esta organización, las más altas desde 2008 y 2005. Éstas se situaban en 74 y 70,2 por ciento, respectivamente, para el promedio de los países de dicha organización (población de 15 a 64 años). Estas proporciones eran casi cuatro y algo más de cinco puntos porcentuales más bajas en Chile, respectivamente. El desempleo se reportaba en niveles históricamente bajos para el promedio de la OCDE (4,9 por ciento) mientras que para Chile alcanzaba 8,5 por ciento, por encima de la tasa más baja desde 2001 correspondiente a un 5,6 por ciento de mediados de 2013.
El desempeño de nuestro mercado del trabajo ha recibido un escaso escrutinio y está presentando más sombras que luces. La Figura 1 muestra la evolución de la ocupación desde que se introdujera la nueva Encuesta Nacional de Empleo. Es evidente el enorme impacto que tuvo la pandemia y que significó la reducción de casi 2 millones de puestos de trabajo entre los trimestres móviles diciembre-febrero de 2020 y mayo-julio del mismo año. Tuvieron que pasar 44 meses para que nuestro país, desde ese primer trimestre móvil, observara nuevamente esos niveles absolutos de empleo. Fue una recuperación mucho más lenta que en otras naciones. Por supuesto, los últimos años no han sido una época de certidumbres y ello, seguramente, ha incidido en las expectativas de empresas y consumidores.
El problema del empleo puede entenderse mejor si se analiza el comportamiento de los puestos de trabajo en distintos subperíodos. Si, por ejemplo, se consideran los cuatro años transcurridos entre julio-septiembre de 2010 y el mismo trimestre móvil de 2014 se puede apreciar que el empleo creció a una tasa anualizada de 2,3 por ciento. En los cinco años siguientes esa tasa fue de 2,2 por ciento. Finalmente, pandemia de por medio, en el último lustro el crecimiento de la ocupación sólo ha subido a una tasa anualizada de 0,5 por ciento. La comparación puede verse injusta, pero parte del asunto que estamos abordando apunta a la lenta recuperación del empleo en nuestro país.
Figura 1

Fuente: Encuesta Nacional de Empleo.
La preocupación por la lenta recuperación del empleo se puede clarificar a partir de la Figura 2. Ahí se aprecia la evolución de la tasa de empleo para los mayores de 15 años de un grupo de países que integran la OCDE (para mayor comparabilidad se define una base de 100 al tercer trimestre de 2019). Se puede apreciar que, en general, los países recuperaron rápidamente no solo sus niveles de empleo, sino que también la proporción de los mayores de 15 años que accedieron a una ocupación. Para el promedio de la OCDE la tasa de empleo del tercer trimestre de 2019 se recuperó el segundo trimestre de 2022 y luego subió levemente. En el caso de los Países Bajos, la proporción de personas empleadas se recuperó muy rápidamente. Chile, en cambio, tuvo una fuerte caída en su tasa de ocupación y luego se recuperó muy lentamente al grado de que ella, aún hoy, es más reducida que en la época previa a la pandemia. Su impacto en esa proporción comienza antes, posiblemente producto de la crisis de octubre de 2019, y es más aguda que en la gran mayoría de los países.3 Un caso interesante es Estados Unidos: tuvo un descenso relevante en su tasa de empleo, luego la recuperó con rapidez, aunque luego se estancó. Por tanto, ella aún no alcanza los guarismos previos a la pandemia a pesar de que la economía observa un dinamismo envidiable.4
Figura 2
Por cierto, esta lenta recuperación en la tasa de empleo no sería tan grave si Chile contase con una alta proporción de personas con un puesto de trabajo o participando en la fuerza de trabajo. Sin embargo, como se desprende de la Figura 3, no es eso lo que sucede. La tasa de participación laboral de Chile se encuentra más bien en la parte baja de las observadas entre los países de la OCDE. Son siete puntos porcentuales por debajo del promedio de la OCDE. Para ponerlo en perspectiva es bueno mencionar que si Chile hubiese alcanzado dicha tasa en 2023 del orden de 968 mil personas más habrían estado participando en la fuerza de trabajo. Otra forma de verlo es que cada punto porcentual adicional de participación hubiese significado más de 138 mil personas participando en el mercado laboral. Por supuesto, la decisión de participar no es independiente de la percepción respecto de su funcionamiento.
Figura 3

Fuente: Elaboración propia a partir de bases de datos de la OCDE.
La situación ocupacional es más complicada si se considera que esta baja tasa de participación va acompañada de un desempleo relativamente alto. En efecto, este en Chile se encuentra muy por encima del promedio de la OCDE. Además, una mayoría de sus estados miembros registra tasas cercanas o equivalentes a las mínimas anotadas desde 2001. Chile, en cambio, tiene una brecha respecto de la tasa de desocupación más baja en este período que es holgada.
Figura 4

Fuente: Elaboración propia a partir de bases de datos de la OCDE.
Los datos confirman que el país está teniendo dificultades para generar oportunidades laborales para su población. A la luz de la evolución observada en otras naciones no parece apropiado seguir responsabilizando a la pandemia de esta situación y tampoco puede vincularse enteramente al complejo escenario económico, y podemos agregar político, de Chile. Quizás por estar el país muy pendiente de la agenda de seguridad, es un asunto al que se le ha dado menos importancia en la opinión pública y en el mundo político de lo que parece apropiado. Con todo, el país se empobrece y debilita socialmente si no es capaz de proveer un número atractivo de puestos de trabajo para su población. Salir a buscar trabajo no es fácil si el desempleo es elevado y la duración de la búsqueda es extensa.
Por supuesto, un mercado del trabajo poco dinámico afecta los patrones de empleo. La Figura 5 muestra cambios relevantes por grupo de ingreso en las tasas de ocupación. El promedio para la población mayor de 15 años, que es la que se considera en esa figura, sube levemente entre años, pero en los hogares de menores ingresos se observa un mayor retroceso. Por cierto, se debe ser cuidadoso en el análisis. La menor ocupación relativa, toda vez que los ingresos del trabajo son fundamentales en los recursos disponibles de un hogar, explica la pertenencia a los deciles de menores ingresos.5 Con todo, y a pesar de que estas encuestas no siguen a los mismos hogares a lo largo del tiempo, este menor empleo relativo en los hogares de menores ingresos y el consiguiente mayor empleo en los hogares de mayores ingresos no se puede desligar del estado del mercado laboral.
Figura 5

Fuente: Elaboración propia a partir de encuestas Casen.
Esa “polarización” en el empleo indudablemente que tiene no solo repercusiones sociales sino también presionan la desigualdad de ingresos. Por cierto, el país cuenta con una red de protección social que contribuye a amortiguar la falta de ingresos del trabajo, pero ésta no tiene una robustez que permita ignorar la carencia de puestos de trabajos en la economía. En un mundo que está afectado por cambios tecnológicos acelerados la preocupación por el funcionamiento del mercado del trabajo debería crecer.6 Sin embargo, más allá de análisis puntuales de expertos y académicos, es difícil sostener que dicha preocupación esté en la agenda del país y del mundo político.
2. Una mirada con más detalle
La evolución en la tasa de empleo ha sido distinta para distintos grupos de edad. Por eso, la Figura 6 descompone la evolución de las tasas de empleo para distintos grupos de edad. El panel A considera al grupo de 25 a 54 años. Se observa que Chile solo hace poco alcanzó las tasas de empleo observadas antes de la pandemia y que la convergencia fue muy lenta. Este grupo, cabe recordarlo, es el de más apego a la fuerza de trabajo, por lo que su lenta recuperación algo indica sobre el deficiente funcionamiento del mercado laboral, sobre todo pensando en el antecedente adicional de que esa tasa de empleo “recuperada” es inferior en una proporción no despreciable a la observada para el promedio de la OCDE. Por supuesto, esto puede convivir con altos grados de informalidad o una alta rotación de trabajos formales para grupos específicos de la población. Esa realidad, que existe, muchas veces se utiliza para negar las rigideces de nuestro mercado laboral.7 Sin embargo, esa aseveración es incorrecta. La rigidez laboral genera mercados duales. Así, hay un sector protegido, quizás, en exceso, y otro donde los trabajadores tienen empleos de corta duración o permanecen gran parte del tiempo en la informalidad. Este equilibrio es ineficiente y dañino para la economía, los trabajadores y las empresas.
Figura 6. Evolución de las tasas de empleo para distintos grupos demográficos
Panel A
Panel B
Panel C

Fuente: Elaboración propia a partir de bases de datos de la OCDE.
Los paneles B y C consideran la situación de las dos colas de la población analizada típicamente por la OCDE:8 los grupos de 15 a 24 años y de 55 a 64 años, grupos que podrían tener, a diferencia del anterior, menos apego a la fuerza de trabajo. La idea de apegos distintos no deja de tener algún grado de arbitrariedad y, por tanto, deben ser analizados con cautela. Por lo demás, dependen de muchos otros factores. Por ejemplo, un aumento en cobertura educativa en el caso del primer grupo seguramente reducirá la tasa de empleo y ello poco dice respecto del funcionamiento del mercado laboral. Variaciones exógenas son más difíciles de aventurar para el segundo grupo, aunque cambios en las políticas de pensiones que afecten directamente a ese grupo podrían tener un impacto. En todo caso, para ambos grupos las tasas de empleo están aún por debajo de las observadas antes de la pandemia. Ambos grupos son, en promedio, menos calificados que aquel de 25 a 54 años. El primero porque carece de experiencia y el segundo porque es menos educado. Igual sorprende que la tasa de ocupación del grupo de 15 a 24 años en Chile sea 17 puntos porcentuales más reducida que la observada para el promedio de los demás integrantes de la OCDE (41,1 por ciento). Por supuesto, ella está afectada por distintas trayectorias y duraciones de los estudios.9 De hecho, como veremos más adelante, una parte del “rezago” en la tasa de ocupación de los jóvenes se explica por un aumento en la proporción que estudia.
Una variación de esta naturaleza es menos evidente para las personas entre 55 y 64 años. Quizás la creación de la pensión garantizada universal (PGU), que se comienza a pagar a partir de los 65 años, puede haber jugado un papel en los de mayor edad de este subgrupo, pero requiere más estudio y no es evidente. La brecha con la evolución observada en otros países es marcada. La PGU se creó en enero de 2022 y la brecha con la OCDE se cerró levemente, desde ese momento. Por cierto, sigue siendo significativa. Un desincentivo a la ocupación de este grupo no es, entonces, evidente. Así, el rezago en la recuperación de su empleo puede tener que ver con el funcionamiento del mercado laboral, más aún si se tiene en cuenta que en otras naciones este grupo recuperó rápidamente su empleo, incluso en Estados Unidos que ha tenido un comportamiento menos dinámico del que podría haberse esperado. Ahora bien, el retroceso en la tasa de empleo fue pronunciado en Chile, pero lo fue también en México, país donde hubo una recuperación rápida para este grupo demográfico. Esta desagregación, por grupos específicos, sugiere que son los grupos menos calificados los que están recibiendo el peso de un mercado laboral hoy tal vez poco funcional.
La Figura 7 descompone, por género, la evolución de la tasa de empleo para hombres y mujeres para el grupo entre 25 y 54 años. Es bien clara la diferencia. Entre las mujeres, aunque al comienzo fue lenta la recuperación, en el primer semestre de 2023 se había alcanzado la tasa de ocupación previa a la pandemia y luego continuó subiendo. En los hombres aún no se retorna al período previo.
Figura 7
Panel B

Fuente: Elaboración propia a partir de base de datos OCDE.
La tasa de empleo de las mujeres aún tiene espacio para seguir subiendo; es casi 9 puntos porcentuales más baja en este grupo de edad que la observada en el promedio en la OCDE. El país, además, tiene una agenda orientada a elevar este indicador. La tasa de empleo de los hombres de este grupo demográfico tiene una brecha en contra de casi 5 puntos porcentuales respecto del promedio de la OCDE. En este caso, no hay una agenda para abordar esta situación. Al mismo tiempo, si bien la tasa de desempleo de las mujeres en este grupo de edad es más alta que la de los hombres, la brecha es más acotada que para el total de la fuerza de trabajo. La pregunta, de nuevo, es hasta qué grado este dispar desempeño no está afectado por los distintos niveles de calificación, en particular, considerando que en este grupo de edad poco más del 50 por ciento de los hombres tiene educación media o menos escolaridad mientras entre las mujeres esa proporción llega solo a un 42 por ciento. Parte de la menor tasa relativa de ocupación de la mujer se explica porque, respecto de los hombres, una proporción relativamente elevada de las mujeres con bajo nivel de escolaridad no está en la fuerza de trabajo. Es dable suponer que las de menor escolaridad que participan tienen, en promedio, mayores habilidades. Esa realidad no se extiende a los hombres, donde la participación por nivel educacional presenta menos diferencias.
La Tabla 1 presenta la evolución de la tasa de participación de distintos grupos de edades separado por sexo (se compran los trimestres móviles agosto-octubre 2019 y agosto-octubre 2024 por ser este el último disponible al momento de finalizar estas líneas). En general, se observa una caída en las tasas de participación (TP) o las tasas de empleo (TE) y un aumento en el desempleo en este lustro. El grupo entre 25 y 54 años, y que afecta al grupo de 15 a 64 años, requiere un análisis algo distinto como se desprendía de las figuras anteriores. Este, por un lado, mantiene su tasa de empleo, pero aumenta su desempleo de 6,9 a un 8,1 por ciento. En este caso, el comportamiento entre hombres y mujeres es muy dispar. Éstas últimas elevan sus tasas de participación y de empleo, todo lo contrario de lo que sucede con los hombres. Su desempleo, sin embargo, también sube desde un 7,6 a un 8,8 por ciento, producto de un aumento mayor en la primera de dichas tasas. En los hombres también hay un aumento en el desempleo, pero es proporcionalmente menor.
Tabla 1. Evolución de tasas de participación y tasas de empleo
2019 (Ago-Oct) | 2024 (Ago-Oct) | |||
TP | TE | TP | TE | |
15 años y más | 62,6 | 58,2 | 61,6 | 56,3 |
H | 73,3 | 68,5 | 71,3 | 65,5 |
M | 52,4 | 48,3 | 52,3 | 47,5 |
15-64 años | 69,2 | 64,0 | 69,9 | 63,8 |
H | 78,6 | 73,2 | 78,3 | 71,8 |
M | 59,7 | 54,9 | 61,5 | 55,7 |
15-24 años | 31,5 | 25,7 | 28,4 | 22,4 |
H | 34,2 | 27,8 | 31,6 | 25,2 |
M | 29,8 | 23,6 | 25,1 | 19,5 |
25-54 años | 81,5 | 75,9 | 82,6 | 75,9 |
H | 91,4 | 85,8 | 90,5 | 83,7 |
M | 71,5 | 66,1 | 74,6 | 68,0 |
55-64 años | 68,6 | 66,1 | 67,5 | 63,3 |
H | 85,9 | 82,8 | 84,0 | 79,0 |
M | 53,6 | 50,8 | 52,0 | 48,5 |
65 y más | 25,0 | 24,3 | 21,2 | 20,1 |
H | 37,9 | 37,1 | 32,2 | 30,4 |
M | 15,2 | 14,7 | 12,7 | 12,1 |
Fuente: Elaboración propia a partir de la Encuesta Nacional del Empleo
La situación de los jóvenes es interesante. En el caso de los hombres la tasa de participación se reduce entre 2019 y 2024 en 2,6 puntos porcentuales. Corresponde a la misma magnitud en la que sube la proporción que manifiesta estar estudiando en este rango de edad. Más interesante es el caso de las mujeres. La proporción que afirma estar estudiando sube en 6,9 puntos porcentuales, mientras que la tasa de participación cae en 4,7 puntos porcentuales. La diferencia se explica por una disminución en las mujeres que ni estudian ni trabajan (“NINI”). Esta evolución seguramente ha sido muy ayudada por una reducción en el embarazo adolescente entre 2019 y 2023 de un 45 por ciento (esperándose en 2024 una reducción adicional). A su vez en el grupo de 20 a 24 años los embarazos en el mismo período disminuyeron en un 29,5 por ciento. La mala noticia es que entre los que participan de este grupo de edad se observa un aumento del desempleo de 18,7 a un 20,3 por ciento entre los hombres y de un 20,8 a un 22,3 por ciento entre los hombres. Es decir, la caída en la tasa de empleo de este grupo no solo se explica por el cambio en la proporción de las personas que estudia.
La caída en la tasa de participación y empleo del grupo de 65 y más es muy posible que tampoco tenga el dramatismo observado para los jóvenes. Aunque se requieren estudios más acabados la creación de la pensión garantizada universal seguramente ha influido en esta situación. Más compleja es la situación de las personas entre 55 y 64 años. En este caso se observa un deterioro relevante en la tasa de empleo de hombres y mujeres. Es bueno recordar que un 75 por ciento de quienes forman parte de este grupo tiene educación media o menos escolaridad. Y en este subgrupo –es decir con educación secundaria o menos y entre 55 y 64 años–, el Programa Internacional de Evaluación de Competencias de Adultos (PIAAC por sus siglas en inglés) sugiere que el 91 por ciento tiene habilidades numéricas muy básicas o inexistentes. Esto significa que sus competencias son muy modestas y les resulta difícil lidiar con trabajos que exigen un mínimo de calificaciones. El mercado laboral, sus regulaciones y los programas de apoyo a trabajadores se tienen que hacer cargo de esta realidad. Los pobres resultados en el comportamiento de la ocupación también se dejan sentir en los hombres entre 25 y 54 años. Las mujeres tienen un mejor desempeño, pero esto igual debe considerarse con cautela. En efecto, su tasa de empleo de 68 por ciento está 9,4 puntos porcentuales por debajo del observado para el promedio simple de los países de la OCDE en las mujeres del mismo grupo de edad. Esto demuestra la falta de vigor del mercado laboral nacional.
En síntesis, el cuadro que emerge, más allá de fenómenos específicos, es de una realidad mediocre en términos de oportunidades de trabajo para los ciudadanos y, por tanto, de bienestar para los hogares que estos conforman. Se requiere así, una agenda más ambiciosa que aspire a generar un mercado del trabajo más dinámico que el actual.
3. Algunos factores detrás de este mediocre desempeño
No se pretende aquí dar grandes explicaciones de las razones del magro desempeño de nuestro mercado del trabajo, pero es decidor que sean tan pocas las veces (solo 4 meses) en las que, en los últimos 25 años, la tasa de desocupación ha estado por debajo del seis por ciento y que ella conviva con una tasa de ocupación que, en el grupo de 25 a 54 años –el de más apego a la fuerza de trabajo–, es de 4,2 puntos porcentuales más baja que para el promedio simple de la OECD en el caso de los hombres y más de 7 puntos porcentuales inferior en el caso de las mujeres.
Debe advertirse que la discusión en este campo, a menudo, se lleva adelante ignorando las bajas habilidades de nuestra fuerza de trabajo. La Tabla 2 es decidora. Ahí se presenta la proporción de la fuerza de trabajo en distintos niveles de competencia. El nivel 1 refleja competencias mínimas. Por ejemplo, en matemáticas supone poder llevar adelante procesos matemáticos básicos en situaciones con contenido matemático directo, muy poco texto y sin distractores. Así, en lo fundamental significa contar, ordenar o entender porcentajes simples como 50 por ciento. En competencia lectora, el nivel 1 supone identificar en un texto simple una información equivalente a la que se entrega en la pregunta, ingresar información personal en un documento o reconocer el vocabulario básico que le da sentido a una oración. La alta proporción que está en este nivel o que incluso no la alcanza es preocupante, más aún cuando el país ha hecho ganancias fundamentales en productividad, lo que significa que las ganancias futuras exigen altas habilidades, especialmente en un mundo de cambios vertiginosos como estamos viviendo. El desafío es tener un mercado laboral flexible, donde las organizaciones se puedan adaptar rápidamente a esos cambios y los trabajadores no se queden “atrapados” en labores que van rezagadas o donde sus habilidades no son las apropiadas. Mientras más rígido el mercado del trabajo, más complejo es que estas reasignaciones puedan realizarse fluidamente, perjudicando tanto a las organizaciones como a los trabajadores. Es muy probable que esa rigidez sea más dañina mientras menores sean las habilidades de los trabajadores, porque la carencia de éstas influye en la posibilidad de adaptarse a las nuevas circunstancias.
Tabla 2. Niveles de competencia en PIACC (población de 16 a 64 años)10
Nivel 1 o menos | Nivel 2 | Nivel 3 | Nivel 4 o más | |
Lectora | ||||
Promedio OCDE | 19,8 | 34,3 | 34,6 | 10,0 |
Chile | 53,4 | 31,8 | 12,9 | 1,6 |
Matemática | ||||
Promedio OCDE | 23,5 | 33,0 | 31,2 | 11,0 |
Chile | 61,9 | 25,9 | 10,0 | 1,8 |
Fuente: OECD, 2023, Skills in Latin America: Insights from the Survey of Adult Skills (PIAAC), OECD Publishing: Paris.
La regulación de nuestro mercado del trabajo, particularmente la que define las contrataciones está pensada para un mundo muy poco dinámico. Se desconoce así que puede ser óptimo cambiarse más frecuentemente de trabajo, y si ello se frena por alguna razón esa desadaptación se hace más palpable. En Chile, un trabajador que acumula algunos años en una empresa debe renunciar, por ejemplo, a la indemnización que se va acumulando. Al mismo tiempo, la empresa, al tomar sus decisiones de contratación, debe incorporar los costos de despido, que constituyen en el margen un desincentivo a la contratación, o bien optar por contratos de corta duración. Los costos de despido de Chile son de los más altos entre los países de la OCDE. Siendo así, en un mundo dinámico parece conveniente limitar el uso de contratos indefinidos. Ello crea, en la práctica, un mercado laboral dual, donde algunos trabajadores están quizás sobreprotegidos y otros están en condiciones de desprotección elevada frente a shocks ocupacionales, particularmente si por las características de sus trayectorias laborales o el carácter de sus contratos tienen poco acceso al seguro de cesantía. Es difícil, además, que estos trabajadores puedan desarrollar mayores competencias a través de los aprendizajes que típicamente se producen en un puesto de trabajo por la duración más breve de sus contratos.
Así, las soluciones contractuales que se producen son ineficientes tanto para la empresa como para el trabajador. Pero, como se insinuaba, también dinámicamente produce efectos. En un entorno donde ocurren cambios tecnológicos y de otra naturaleza, una mayor rotación reduce la probabilidad de que se reduzcan los mismatches , los desajustes, entre las habilidades de los trabajadores y las requeridas por la empresa. Este escenario es perjudicial para ambas partes, pero se puede sostener por los montos involucrados en las indemnizaciones. Ello indudablemente afecta la productividad de ambas partes. Un mejor diseño de las exigencias contractuales podría minimizar las ineficiencias. Por ejemplo, podrían reemplazarse las indemnizaciones por años de servicio con seguros de desempleo más robustos financiados con cotizaciones adicionales. El país tiene experiencia con estos mecanismos y podría perfeccionarlos para facilitar un mercado laboral más dinámico. La transición a un esquema de esta naturaleza debería elevar las oportunidades de empleo y reducir el desempleo. Por cierto, políticamente es complejo y debería aplicarse gradualmente a los nuevos contratos, respetando los actuales contratos indefinidos.
Otra fuente de rigidez son las políticas salariales que promueve el Estado. El salario mínimo es una de ellas y su definición es particularmente compleja si las habilidades de una parte importante de la fuerza de trabajo, como sugería la Tabla 2, son reducidas. Si bien hay buenas razones para pensar que un salario mínimo, bajo ciertas condiciones, puede ser una solución eficiente que eleva el empleo (sobre todo si hay un contexto en el que las empresas tienen poder de mercado en las contrataciones), no puede dejar de monitoreárselo, toda vez que puede afectar las oportunidades laborales de los trabajadores menos calificados. La discusión de si el salario mínimo está afectando las oportunidades de empleo de los trabajadores no es fácil de dilucidar. La información disponible no permite extraer conclusiones definitivas.
Figura 8
Asalariados 2015
Asalariados 2022

Fuente: Elaboración propia a partir de encuestas CASEN
La Figura 8 nos permite introducir la discusión de si el salario mínimo está restringiendo la contratación de trabajadores. En ella se presentan estimaciones de densidades de kernel del logaritmo natural de los ingresos de la ocupación principal. A través de este método se estima la función de densidad de probabilidad de una variable, en principio aleatoria, como es el ingreso de una persona que forma parte de un hogar que es seleccionada para participar en una encuesta social como es CASEN. Tiene una similitud con un histograma, pero es una curva suavizada y continua. Para arribar a estas estimaciones seguimos el procedimiento descrito por DiNardo et. al.11 Si este salario no estuviese afectando el funcionamiento del mercado del trabajo la función de densidad no debería verse alterada en torno al salario mínimo, la línea punteada en las figuras. Es precisamente lo que ocurre para el año 2015, aunque quien mire detenidamente la figura podrá comprobar que hay un pequeño cambio de pendiente en torno a esa línea que algo comienza a indicar. Sin embargo, es evidente que, en la figura de 2022 y en torno a la línea punteada que refleja el salario mínimo de la época, aparece una clara distorsión en la función de densidad. Se observa, una suerte de planicie en ella. Esta situación es indicativa de que el salario mínimo está siendo restrictivo desde el punto de vista de las oportunidades laborales de los trabajadores, muy posiblemente los menos calificados. En la actualidad el salario mínimo es un 14,8 por ciento más elevado en términos reales que en 2022, esto es algo más del doble de lo que ha subido el índice general real de remuneraciones en el mismo período. Es posible, entonces, que el salario mínimo en el momento actual sea más restrictivo y parte del rezago en empleo este asociado al impacto de este salario en los trabajadores menos calificados. Por supuesto, a ello se agrega la reducción en la jornada laboral y la eventual alza en cotizaciones previsionales.
4. Concluyendo
La situación del empleo en el país debiera ser un motivo de mayor preocupación de lo que se observa en el debate público. El hecho de que la tasa de empleo previo a la pandemia, que no era en perspectiva comparada particularmente alta, no se haya recuperado, acompañado de una alta tasa de desocupación, así lo sugiere. Estos fenómenos son persistentes en el tiempo y quizás sigan teniendo un comportamiento pobre a propósito de los cambios tecnológicos que están acelerándose y de una economía que no logra despegar y que augura crecimientos modestos en el futuro cercano. Es importante dilucidar si se puede avanzar hacia un nuevo equilibrio que beneficie tanto a trabajadores como empresas, que sacuda el actual estado de las cosas en materia laboral, ya que la situación actual no ayuda a crear mejores condiciones de vida para los trabajadores menos calificados.
Notas al pie
Estos datos provienen de las bases de dato de la OCDE.
Los datos provienen de OIT, Statistics on the Informal Economy, ILOSAT. No se reportan datos para Nueva Zelandia, Canadá, Estados Unidos, Japón e Israel. Para América del Norte (países de altos ingresos) la base de datos de la OIT reporta un 8,7 por ciento de informalidad.
Por supuesto, la forma en que abordó cada país la pandemia y el carácter de su estructura productiva, entre otros factores, influyeron en la diversidad de los ajustes.
Es interesante que durante la reciente campaña presidencial estadounidense quedó en claro que los electores no sentían que la situación económica del país estuviese progresando, aunque existían indicadores que apuntaban en esa dirección. Quizás esta falta de dinamismo en el empleo contribuyó a explicar esa percepción.
Hay que recordar que estos deciles son grupos de igual tamaño y que corresponden al 10 por ciento de los hogares. Estos se orden de menor a mayor ingreso per cápita autónomo del hogar. Los ingresos del trabajo representan para el hogar promedio un 86 por ciento de los ingresos autónomos y un 82 por ciento de los monetarios. La diferencia entre estos dos últimos montos se explica por las transferencias en dinero que realiza el Estado a los hogares.
Por cierto, la preocupación por los efectos de los cambios tecnológicos en el mundo del trabajo es de larga data y, a veces, exagerada. Después de todo el mundo ha seguido creando empleos cada vez que ellos han ocurrido. Es quizás el vértigo con el que ocurren ahora y sus alcances más generalizados los que producen una inquietud particular.
Para defender la existencia de rigidez acudimos, por ejemplo, a las estimaciones de James Heckman y Carmes Pages, “Introducción”, en Law and Employment: Lessons from Latin America and the Caribbean, ed. Heckman y Pages (Chicago y Londres: University of Chicago Press 2007), 1-107.
Esto se combina con los análisis para toda la población mayor de 15 años sin límite superior de edad.
Por ejemplo, la educación superior en varios de los países de la OCDE se extiende solo por tres o cuatro años en lugar d ellos 5 o 6 que caracteriza a nuestro país. Ahí, además, las tasas de graduación oportuna superan las nacionales.
Los niveles corresponden a rangos de puntaje definidos por expertos en el test aplicado y reflejan las habilidades de comprensión y análisis que podrían desarrollar las personas a partir de los textos que deben analizar para responder las preguntas que se incluyen.
Véase J. DiNardo, N. Fortin y T. Lemieux, “Labor Market Institutions and the Distribution of Wages, 1973-1992: A Semiparametric Approach,” Econometrica 64 (5) (1996): 1001-1044.
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